El sábado ocho de diciembre era la Inmaculada y Día de la Madre y era fiesta, pero nos obligaron a ir al colegio y a llevar flores. Me acuerdo muy bien. Yo no pude llevar flores porque mi madre dijo que no iba a comprarlas, pero fui al colegio porque pasaban lista. Cuando llegué, la capilla estaba llena de gente y llena de flores. Me recordó el cementerio, cuando iba con mi madre donde la tumba de mi padre. El día de Todos los Santos. Nosotros no solíamos llevar flores. Pero a lo que íbamos. Al entrar, por el fondo, en la capilla del colegio me vio don Emilio, que era mi profesor en ese curso, se me acercó y me preguntó por las flores. Lo miré y le dije que mi madre no tenía. Me indicó que esperara y fue por el lateral izquierdo, cogió un ramito del montón de ese lado, lo escondió debajo de la gabardina y me lo trajo. Me lo dio y con la mirada me señaló el pasillo central. Avancé con las flores hasta el altar (me vio el prefecto y también el padre rector, que estaba en el primer banco), allí me recogieron el ramito y lo pusieron en el montón que, en ese momento, hacían en la derecha.
Don Emilio era cojonudo, sí, te lo digo yo. Madrina, tú me has preguntado y yo te lo cuento.
Los sábados por la tarde no teníamos clase. Por la mañana, una semana don Emilio nos daba Lengua y Literatura y la semana siguiente teníamos “Roma y Cartago”, que era una cosa muy chula. Los alumnos estábamos divididos en dos bandos y don Emilio hacía preguntas a uno y a otro. Una pregunta fallada (todos gritaban ¡aaay!) y había rebote para la fila contraria, que podía ganar un punto si acertaba la respuesta. En la pizarra se pintaba el marcador con tiza y cada punto era aplaudido por un ejército: no veas cómo gritábamos ¡Roma-Roma! o ¡Car-ta-go! El resultado quedaba en la parte alta de la pizarra durante ¡dos semanas! Don Emilio era cojonudo.
Los otros sábados hacíamos dictado y, también, lectura. Corregíamos las faltas y don Emilio nos explicaba las palabras difíciles. También nos enseñaba a leer bien: las paradas de las comas y de los puntos, cómo cambiar la voz cuando había un interrogante y cuando había una admiración (a mí me salía bien si la frase no era larga). Después, don Emilio cogía un libro y nos leía un rato y luego nos preguntaba qué habíamos entendido, y él nos lo explicaba y nos hablaba del escritor y de otros escritores compañeros de ese y nos decía que tomáramos apuntes. Al comenzar el curso yo quería que el sábado fuera siempre de “Roma y Cartago”, pero después empezó a gustarme lo otro, sobre todo lo de literatura, y al final casi prefería que el sábado fuera de esos. Tendrías que haberlo escuchado y luego explicar, era cojonudo.
Volví a tenerlo de profesor el curso siguiente, yo estaba como loco de contento. Pero no tuvimos batallas Roma-Cartago; creo que fue cosa del prefecto. A cambio de eso don Emilio nos dijo que íbamos a comprar unos libros para leerlos en casa. Él hizo una lista de veintiocho libros de una colección de tapas azules; eran pequeños y baratos. En clase éramos veintiocho niños y cada uno debía pagar un libro. Don Emilio escribió a Barcelona y le hicieron un precio muy bueno que dividió por veintiocho. Vaya alboroto, el día que trajeron el paquete. Don Emilio nos entregó un libro a cada uno (olía a… nuevo), que apuntó en una lista; después de leerlo lo cambiaríamos con otro compañero y don Emilio lo anotaría en la lista. Pero ocurrió una cosa con un libro de nombre largo que Muñoz dijo que todos lo llamaban La Celestina, vino el prefecto y se lo llevó. Debía ser muy bueno porque don Emilio se lo había dado a Muñoz, que era el primero de clase. Al día siguiente don Emilio trajo otro libro para Muñoz. Al final de curso yo había leído seis libros, pero hubo quien leyó ocho. El primero fue El lazarillo de Tormes, qué divertido. Aprendí lo que quiere decir “anónimo”. ¿Tú sabes lo que quiere decir?; quiere decir que no se sabe quién lo escribió. Me acuerdo de Las gafas del diablo y de El capitán Veneno; al final me quedé con Las inquietudes de Shanti Andía, que es muy chulo. Cada semana, uno tenía que hablar del libro que había leído: vaya apuro. Don Emilio no acabó el curso, dijeron que estaba enfermo. Le sustituyó el profesor de Espíritu Nacional, menudo rollo; menos mal que fueron pocos días. Solo sabía hablar de José Antonio y de Franco, pasábamos el resto del tiempo leyendo (mandaba “a estudiar”) y él fumando. Un día me lo encontré por la calle, a don Emilio, quiero decir. Qué alegría tuve. Él también se alegró. Me preguntó que qué tal estaba y por mi madre. Yo no fui a preguntarle nada. También me preguntó si seguía leyendo y me dijo que leyera mucho, lo que fuera y que después yo ya sabría elegir. Y me dijo que cuidara de mi madre. ¿Verdad que era un tío cojonudo?
Ya no volví al colegio, mi madre me encontró trabajo de aprendiz en una imprenta. Llevo un año y me gusta mucho. Don Anselmo me enseña muchas cosas; hay días que me quedo con él después de cerrar, me gusta el sonido de las máquinas y el olor del papel cuando sale impreso y poder leerlo, las esquelas, los tarjetones de boda… Un día don Anselmo me preguntó si me acordaba de un maestro… ¡Don Emilio!, dije yo; pues es quien te colocó aquí y me ha preguntado por ti, me dijo él; pues es un tío cojonudo, le dije yo. A que sí lo es, madrina. Pues díselo a mi madre, anda.
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